El Gatopardo

 

Il Gattopardo, Giuseppe Tomasi di Lampedusa – 1958

“Porque morir por alguien o por algo, está bien, entra en el orden de las cosas; pero conviene saber, o por lo menos estar seguros de que alguien sabe por quién o por qué se muere. Esto era lo que pedía aquella cara desfigurada. Y precisamente aquí comenzaba la niebla”.
“Por otra parte Tancredi no podía dejar de considerar que nunca sería culpable para su tío; la verdadera culpa la tenían los tiempos, estos tiempos disparatados durante los cuales un jovencito de buena familia no podía tener la libertad de jugar una partida de faraón sin tener que liarse con amistades comprometedoras. Malos tiempos estos”.
“Por lo demás, ¿para qué tenía que suceder? ¿Y qué ocurrirá entonces? ¡Bah! Negociaciones punteadas con inocuos tiros de fusil, y luego todo seguirá lo mismo, pero todo estará cambiado”.
“No somos ciegos, querido padre, sólo somos hombres. Vivimos en una realidad móvil a la que tratamos de adaptarnos como las algas se doblegan bajo el impulso del mar”.
“El amor. Claro, el amor. Fuego y llamas durante un año, cenizas durante treinta”.
“Mientras hay muerte hay esperanza”.
“La violenta sangre de los Salina se despertaba en ella y bajo su lisa frente se fraguaban fantasías de envenenamiento”.
“Piedrecillas  que caen y preceden a la ruina”.
“« Bendicò», tú eres un poco como ellas, como las estrellas: felizmente incomprensible, incapaz de producir angustia”.
” Estos pensamientos eran desagradables como todos los que nos hacen comprender las cosas demasiado tarde…”.
“Italia había nacido en aquella triste noche de Donnafugata, nacido justamente ahí, en aquel lugar olvidado, tanto como en la pereza de Palermo y en la agitación de Nápoles; pero un hada mala de quien no se conocía el nombre, tuvo que estar presente. De todos modos había nacido y había de esperar a que pudiese vivir de esta forma: cualquier otra sería peor. De acuerdo. Sin embargo, esta persistente inquietud significaba algo. Advertía que durante aquella demasiado seca enunciación de cifras, durante aquellos demasiado enfáticos discursos, algo, alguien, había muerto”.
” El voto negativo de don Ciccio, cincuenta votos semejantes en Donnafugata, cien mil «no» en todo el reino, no habrían cambiado en nada el resultado, lo habrían hecho, aún, más significativo, y se habría evitado estropear las almas. Hacía seis meses que se oía la dura voz despótica que decía: «Haz lo que te digo, o habrá palos». Ahora se tenía ya la impresión de que la amenaza había sido sustituida por las palabras suaves del usurero: «Tú mismo firmaste, ¿no lo ves? Está claro. Debes hacer lo que te digamos nosotros, porque mira el recibo: tu voluntad es igual a la mía»”.
“Pero existe un dios protector de los príncipes. se llama Buena Crianza y a menudo interviene para salvar de un mal paso a los gatopardos. Más hay que pagarle un fuerte tributo”.
“Hace por lo menos veinticinco siglos que llevamos sobre los hombros el peso de magníficas civilizaciones heterogéneas, todas venidas de fuera, ninguna germinada entre nosotros, ninguna con la que nosotros hayamos sintonizado. Somos blancos como usted, Chevalley, y como la reina de Inglaterra; sin embargo, desde hace dos mil quinientos años somos colonia. No lo digo lamentándome: la culpa es nuestra. Pero estamos cansados y también vacíos“.
“El sueño, querido Chevalley, el sueño es lo que los sicilianos quieren; ellos odiarán siempre a quien los quiera despertar, aunque sea para ofrecerles los más hermosos regalos. Y, dicho sea entre nosotros, tengo mis dudas con respecto a que el nuevo reino tenga en la maleta muchos regalos para nosotros”.
“Esta violencia del paisaje, esta crueldad del clima, esta tensión continua en todos los aspectos, estos monumentos, incluso, del pasado, magníficos, pero incomprensibles porque no han sido edificados por nosotros y que se hallan en torno como bellísimos fantasmas mudos; todos estos gobiernos que han desembarcado armados viniendo de quién sabe dónde, inmediatamente servidos, al punto detestados y siempre incomprendidos, que se han expresado solo con obras de arte enigmáticas para nosotros y concretísimos recaudadores de impuestos, gastados luego en otro sitio: todas esas cosas han formado nuestro carácter, que así ha quedado condicionado por fatalidades exteriores además de por una terrible insularidad de ánimo”.
“Poseen una memoria colectiva muy poderosa, y por lo tanto se turban o se alegran por cosas que a usted y a mí nos importan un rábano, pero que para ellos son vitales porque están en relación con su patrimonio de recuerdos, de esperanzas y de temores de clase”.
“La locura de los bailarines, entre quienes había tantas personas próximas a su carne ya que no a su corazón, acabó por parecerle irreal, compuesta de esa materia con la cual están tejidos los recuerdos perecederos, que es más frágil aún que la que nos turba en los sueños”.
“No era lícito odiar otra cosa que la eternidad”.
“Como siempre, la consideración de su muerte lo serenaba tanto como lo turbaba la muertes de los demás. Tal vez porque, en fin de cuentas, la muerte era el final del mundo”.
“La muerte, sí, existía, no había duda, pero era cosa de los demás. Don Fabrizio pensaba que por ignorancia íntima de este consuelo supremo los jóvenes sienten los dolores más acerbamente que los viejos; para éstos la puerta de escape está más cerca”.
“La verdad ya no existía”.
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